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Número 13

El espíritu de los nietos
Presentación del tomo Macedonio, Vanessa Pafundo, Germán García, Ezequiel De Rosso, Roberto Ferro, Noé Jitrik
Roberto Ferro, Noe Jitrik, Roberto Gárriz
Aniversario revista Odradek. Roberto Ferro, Germán García, Mariano Quintero

En el bar Jetro, de Anchorena y Córdoba, leía una vez más “Preocupaciones de un padre de familia”, donde Kafka describe a Odradek, porque mi voz también parecía no tener pulmones. Se me acercó un hombre, bajo y de traje oscuro, con una cara macilenta y una mirada que exhibía firmeza.

Sin mediar palabra, me extendió una tarjeta donde alcancé a leer que su profesión era médium y su apellido de origen español. Con la resignación adquirida en tantos años de frecuentar la locura de esta ciudad, me dispuse a escuchar la voz del médium, que tampoco parecía tener pulmones.

Fue breve. Mi abuelo, a quien se lo conocía por el nombre como si su apellido fuera algo fuera de lugar, había sido evocado por un espíritu Ubieto, Urbieta, algo así, que se presentó como hijo de mi abuelo (es decir, como mi tío) y, para sorpresa de los presentes, negó que yo fuera nieto de su padre. ¿De dónde me conocían? Mi abuelo, que murió como si se esfumara, en los últimos años habló una lengua propia, sólo entendida por una de mis tías, la menor de sus hijas.

¿Qué entendieron estos que lo frecuentaron después?. El médium me invitó, me desafió, a una sesión donde el espíritu acusador Urbieta sería convocado para aclarar las cosas y, de paso, presentar a varios que fueron llevados como testigos en tanto verdaderos nietos de mi abuelo.Estaba seguro de que había una confusión, de que no se trataba de mi tío, de que no se había referido a mi abuelo.

Los espiritistas son melancólicos, viven en un mundo demasiado poblado de espectros, pueden confundirse con facilidad. Nos despedimos y volvimos a encontrarnos la noche del experimento, donde había otros dos que parecían de la familia de Blas Mariño, el médium, que empezó su trabajo con la extraña voz sin pulmones.

Al fin, Urbieta respondió con una sola palabra: Impostor. Iba a replicar, pero el médium me hizo callar con un gesto.

Después de un silencio Blas pidió alguna prueba.

Desde el más allá Urbieta dijo que presentaría a sus testigos, los verdaderos nietos.

Silencio y ruidos de muebles.

Habló una mujer que parecía ser de Posadas y con voz amistosa trató de disculparme: no sabía si era otro nieto, pero estaba segura de que había querido a su abuelo.

En una de esas era hija de una de mis tías, una de las que había dejado de ver hacía muchos años. Después habló un joven con mi apellido pero no era mi hermano y exhibió tal familiaridad con los secretos de mi abuelo que parecía haber vivido debajo de su cama.

Pero...

¿Era de mi abuelo de quien hablaba? Quise interrumpir, uno de los que acompañaba a Blas, el médium, me tapó la boca mientras el otro me pegó con los dedos en la cabeza, como hacían los maestros en mi infancia. Se oyó en la oscuridad lo que parecía la voz de un señorito español, que adjudicó a mi abuelo extrañas relaciones con las obras más dispares, esas que los críticos llaman de vanguardia.

Luego afirmó que la mujer de voz misionera y los otros eran los verdaderos nietos, pero que había más.

Calló, como dejando lugar a sus hermanitos. Habló uno que trató de probar que mi abuelo había descubierto no sé qué ciencia de la vida, otro le adjudicó una filosofía que parecía superar las más sofisticadas elucubraciones francesas. Ya no se cuántos eran, pero estaba seguro de que habían montado esa burla por alguna razón que ignoro. Al fin me dejaron hablar.

Dije: Ustedes, sean quienes sean, no me harán vacilar sobre quién soy yo, tampoco sobre quién era mi abuelo. En la oscuridad ruidos de mesas y sillas, vasos y jarrones que ruedan por el suelo.

Una voz incisiva preguntó: ¿Quién dirigió Papeles de Buenos Aires?, ¿qué polaco publicó en esa revista? Me descubrieron, respondí con una convicción simulada.

Quería irme.

Estaba seguro de que era mejor seguir con la lectura de Kafka.

Aunque no pensaba olvidar el espíritu de los nietos, entre los que seguiré aunque sea abuelo.

Porque, como bien sabe el padre de familia, hay algo misterioso en el suceder de las generaciones, por más que uno quiera ser un pensador poco, o si prefieren, un impensador mucho. Al salir vi un muchacho que había levantado acta de lo dicho, me dijo que se llamaba Daniel Attala.

Germán García