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Número 5

Versiones ridículas

Nuestra Señora de París (Notre Dame de París), de Víctor Maríe Hugo y Las Aventuras Pinocho, de Carlo Collodi, fueron el punto de partida de dos versiones ridículas dedicadas al público menudo que fueron incineradas el pasado diciembre. La primera, Nuestra Señora de París, es más conocida por el nombre con el que se la estrenó en el cine: El Jorobado de Notre Dame , que luego llegaría en forma de dibujo animado producido por los estudios Disney; pero la versión que nos interesa es la que se presentó en la edición del año 2000 del certamen literario organizado por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI).

Llevaba como título El hombre con capacidades diferentes de Notre Dame.

El personaje principal cambió el nombre Quasimodo por Eduardo.

La descripción física de Quasimodo del original de Víctor Hugo “una verruga en el ojo izquierdo, la cabeza casi unida directamente a los hombros, la columna vertebral combada, saliente el esternón y las piernas arqueadas”, es para Eduardo: “víctima de una escoliosis superior que lo obliga a caminar ligeramente encorvado, y le dificulta el ascenso por las escaleras”. Los padres de Quasimodo, gitanos en la novela de 1831 son ahora “sin papeles que provienen de Europa del Este”. Esta vez el malvado tutor putativo de Eduardo, el Juez Claude Frollo, es quien recibe la acción judicial promovida por Eduardo para la instalación de rampas en la entrada de la Iglesia de Notre Dame y un ascensor para acceder al campanario donde se desempeña el protagonista. Además, durante la procesión en la que a Quasimodo se lo distinguía como “el papa de los locos”, el público asistente, no abuchea a Eduardo por su repugnante apariencia física sino que disfruta de su número en vivo donde imita a la perfección los sonidos producidos por los animales. En el final de la nueva versión, la justicia golpea a las puertas de la Iglesia: se instalan las rampas, el ascensor, un dispositivo mecánico que hace sonar las campanas de manera automática a la hora exacta, y Eduardo recibe una pensión graciable.

Roberto Gárriz