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Número 7

Echale la culpa a Stevenson

Construiré una balsa y me iré a naufragar L.

Nebbia Islas desiertas, casi nunca desiertas.

Aguas transparentes, arenas doradas, clima cálido. Mujeres jóvenes ligeras, ligeras de ropa, con vestidos estratégicamente harapientos. Manjares naturales. Ausencia de fuerzas de seguridad. Tal vez tesoros. Elementos que garantizan el correcto funcionamiento del servicio postal tales como: botellas direccionables, biromes o calamares letrados, hojas tamaño carta, corchos. Aventuras. Paraísos fiscales. La literatura, el cine y la televisión han alentado en forma pertinaz la posibilidad del naufragio y sus resultados: La isla de Ítaca, la de Stevenson, la de Robinson Crusoe, la de Expedición Robinson, la de Ricardo Montalbán, la de La Mujer Maravilla, la de Gilligan, la de qué libros te llevarías, la de El Señor de las Moscas, la de Caras, la de La Playa, la de Lost, la de La Laguna Azul, la de Madagascar. Lejos del invento burgués de la temeridad controlada denominado Turismo Aventura, ajenos a la utilización mercantil de la felicidad que se efectúa en los cruceros, todas las semanas miles de lectores consecuentes de Stevenson, por ejemplo, de diferentes nacionalidades: marroquíes, senegaleses, mauritanos, nigerianos, o cubanos, se dejan seducir por los cantos de sirenas que los impulsan a abordar en número siempre superior a la capacidad permitida, naves precarias o vetustas, cuyo destino obligado es el naufragio.

Demasiado tarde descubren que estaban en un error inducido por sus lecturas.

Será mejor que la próxima vez no confíen del todo en lo que leen.

Roberto Gárriz