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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 12

Una vida simple

B aja una mano y sonríe: hace horas que espero la comida.

Su mujer no contesta.

Mira la ventana.

Él no dice nada, anota algo en un papel y sigue leyendo.

Una hoja se desliza entre sus piernas, la levanta y la lee al pasarla frente a su cara, la deja sobre la mesa.

Sigue su lectura. Su mujer no habla, la acaricia. La noche, la noche...

murmura, mientras se pasea por el cuarto.

Busca una palabra para rimar con otra.

La noche...

la noche hermana de la muerte...

la noche en que ella subió las escaleras que dan al cuarto de un vecino. Porque ella tiene sus costumbres.

Vomita en el cenicero, arranca las hojas de los almanaques y las pega en la pared del baño. Es una vida serena, una vida sin azar.

Sus cabellos envuelven su cara, sus labios se abren por la noche. ¿Por qué recitas ese poema? La última vez que le preguntó, ella amenazó con suicidarse.

Otras veces se arranca los cabellos, se envuelve la nariz, va a estornudar y llora.

La echan de los mercados porque escupe la fruta. Él no encuentra la palabra.

Come en silencio.

Ella rima contenta, mientras teje.

Sin pensar.

En verano se aparean más que en invierno.

Lo demás ya se sabe.

Cada tanto tienen un hijo.

Germán García