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Número 12

Algo más que cruzar la calle

Necesitaba alcanzarte pero una profunda grieta nos separaba, nuestro mundo simulaba la piel de una gran piña reseca, múltiples ranuras dibujaban la telaraña que encerraba muchas islas pero sólo una era tuya y la de enfrente, mía. Debía cruzar el gran surco.

Reconocí que era el cauce de un río seco poblado de singulares animales brillantes que corrían como ráfagas, tenían ojos blancos de varias pupilas y grandes estómagos transparentes.

De colores variados y tan pulidas eran sus pieles que dejaban ver el cielo reflejado.

Esta manada me impedía atravesar la grieta, miré alrededor y no era el único, varias personas corrían la misma suerte y otras eran deglutidas por alguna de las fieras pero no parecían resistirse.

Logré verte de lejos, estabas en el otro lado esperándome y sabíamos que lo inevitable sucedería. El deseo de tenerte fue mayor que el miedo que sentí por las criaturas veloces.

Repentinamente intenté correr hacia Vos pero uno de los animales me rozó y exclamó un gemido largo, monótono y ensordecedor que me obligó a detener la marcha. Al observar por un tiempo, que me pareció eterno, percibí que estos animales se movían sincronizados por algo superior que los dominaba.

Descubrí cerca mío un extraño árbol que todos miraban con atención extrema.

Crecían en las uniones de cada grieta, sus formas eran geométricamente puras, armaban un grupo de cuatro, uno en cada isla, eran pulcros, lisos y dicromáticos.

Advertí que que apenas nacían, sus frutos maduraban en pocos minutos -verde, amarillo y rojo- y luego otros frutos salían y el ciclo se repetía.

Por curiosidad me acerqué y toqué el árbol más próximo, era frío como hielo.

Descubrí la lógica del sistema y la clave para llegar a Vos, supe que eran los árboles quienes tenían el control, poseían el don de dar ese fruto especial con el cual cumplían el papel de colosos directores coreógrafos de una danza inconsciente que todos seguían con precisión asombrosa.

Al momento que los animales frenaban su paso según lo que los árboles les ordenaron, comencé a moverme y atravesé la grieta lentamente, asustado mientras observaba de cerca las bestias multicolores, al verlos con más detalle sus ojos brillaban como el sol y emitían un continuo y grave ruido blanco. En menos de diez segundos estoy a tu lado y mirándote inagotablemente busco la respuesta a mi pensamiento: “ ¿ Hasta dónde quiero llegar?” Caminamos juntos hasta que deliberadamente decidimos ser devorados por uno de los animales, dentro del gran estómago no sentimos dolor y una simbiosis ocurre, el animal puede desplazarse si yo lo indico, la bestia comienza a caminar pero al momento me pedís que nos detengamos, el tiempo se congela y el dilema se plantea: a mi derecha estás Vos y del otro lado el resto de lo real, tomar una opción elimina la otra.

Te acercás a mí lentamente y mordés mis labios, la decisión está tomada, la grieta se disuelve, el miedo se evapora y el cosmos entero desaparece completamente.

Mariano Bouche