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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 2

Un lugar para no ir

La luz del mediodía pegó contra la vereda y se apoyó de plano sobre el ventanal.

El restaurante, con sus quietudes y sus movimientos, quedó de una sola vez erguido y adherido al vidrio.

Adentro, la mujer sintió un poco de frío en el codo y cambió el brazo de lugar.

Aprovechó para espiar la mirada de su marido.

El hombre se sacó los ojos de encima.

Los suyos y los de ella.

Los suyos, para que no se los viera nadie.

Los de ella, para que no le preguntara de nuevo lo mismo.

Si igual no iba a entender nada... Tal cual.

Por mucho pan que se pusiera en la boca, no iba a entender nada de lo que llenarse la boca y preguntar una y más veces: -¿Adónde es que te querés ir? Y en cada nueva en el medio! Ni pregunta acentuaba distinto las sílabas.

Esta última vez le puso más énfasis a las dos primeras.

Le pareció que así cambiaría el clima de la tarde y el tiempo volvería a ser redondo como en el reloj. - Adónde es que te querés ir - le preguntó otra vez y se le apretaron las dos últimas letras que sonaron como una sola. - ¡Ahí! -se impacientó él.

Y señaló para afuera con el cigarrillo envuelto en unos dedos parcos.

Después hizo ese gesto tan feo: se pasó la lengua por los dientes como chupándose la saliva de las encías, ese gesto que era como la señal de quien ya no quiere caer ni bien ni mal. La mujer se puso más pan en la boca porque estaba empezando a entender y no quería.

Midió el tiempo que todavía tardaría el mozo para traerles la comida y corrigió la altura de su cuello para que si alguien pasaba en ese momento por la calle pudiera decir: esa mujer está en lo cierto. - ¡Ahí, ahí, ahí! -lo imitó entonces la esposa, animándose a una burla-.

Que yo sepa ahí no hay nada.

¡Ahí hay una plazoleta con el monumento de un avión en el medio! Ni un yuyo hay.

Un avión de cemento puesto en una plataforma de c emento, todo escrito c on tiza, meado por los perros del barrio y que se cae a pedazos...! ¡Eh...! Eso es todo lo que hay, nada más.

¡Hasta dónde querés llegar, si ni siquiera te va a aguantar! Esta mujer sí que tiene mala suerte: en todo el tiempo que le llevó jactarse de su razonamiento, justo no pasó nadie.

Es que no es muy un yuyo h transitado por ahí.

Sólo pasan carros a la nochecita. - Y bueno, no me importa.

Me voy lo mismo.

Todos tenemos derecho a volar. - ¿Y los chicos? -Arremetió ella como diciendo “A ver ...?”. - Justamente, es por ellos.

Para que vean que su padre todavía tiene ganas de volar.

Que vengan.

Que venga mi vieja también.

Vengan a verme todos los días.

Pero esto es lo que necesito. En eso se olió la transpiración ácida del mozo, un andar directo que se detuvo al lado de la mesa, el roce de un vuelto en monedas. - El matambre para quién. - Para la señora.

Nora Martinez