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Número 12

Fondo de reserva

En una de esas tardes en las que pocas consultas en sala y cierta desidia vacacional estaban por hundirnos en la melancolía, una energía casi heroica empujó a mi compañera de la Biblioteca Municipal a reordenar el anaquel completo de la colección Robin Hood, mientras yo traía el consabido tecito y torcía la cabeza esperando alguna indicación. Pero, como suele pasar por estos días, con su modesta épica del orden alcanzaba.

Y hasta hubo resto para ir recordando algunas escenas del pasado, un par de socios históricos y algunos pequeños crímenes privados, perpetrados en la Sala de Lectura e invisibles para casi todos.

En unas pocas horas de relato pude intuir, entonces, el porqué del odio cordial profesado hacia la mujer del archivo, la admiración mal disimulada por el referencista ya canoso y los modos silenciosos en que mis colegas venían negociando algunos paliativos. Con la tarea casi terminada y al límite de mi horario, guardamos los volúmenes que se habían devuelto ese día, mientras mi compañera, esta vez con el diccionario en la mano, comentaba lo raro que le resultaba pensar en que “indemnización viene de indemne que 'es un adjetivo que se aplica a lo que no ha sufrido daño o perjuicio en ocasión en que podía haberlos sufrido'” y terminaba la frase con un “já, para qué cuernos se necesita la reparación, entonces”. Al otro día, no pareció sorprenderle a nadie su propuesta de que se multara a los socios morosos con una cantidad de dinero que dependiera de los días de atraso y el número de volúmenes adeudados.

Esa tarde hubiera querido encontrar algo para leerle acerca de que no hay indemnización justa hasta que no se invente el olvido voluntario, que es la forma de negociación más amable y también la más difícil.

Pero mientras preparábamos la grilla de penalidades se respiraba en el aire tal exaltación, que decidí dejar el apoyo bibliográfico por un rato y empezar a creer que hay otros desvíos posibles para reparar el pasado.

María Martha Gigena