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DOMICILIO DESCONOCIDO

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Número 12

Stevia Rebaudiana

Stevia Rebaudiana B., despidió a Lijvin y a Mandeyla, sus padres, y arribó a Buenos Aires a fines del milenio pasado.

Traía consigo a sus siete hermanos menores y sólo cinco acordeones. Buscaron sitio por pares, para guarecerse de la gran ciudad y entristecer a los transeúntes con sus polkas al paso.

Vendieron el instrumento sobrante para alquilar un cuarto en este pequeño hotel y de un día para otro desaparecieron.

Todos menos ella. Stevia fue dejando de ser una escuálida rumana bella e intrigante a quien nadie se animaba a saludar de frente y pasó a ser una chica de barrio, la más linda, de caderas amplias y robusta espalda.

El asombroso misterio de su porte fue desplazado por la atractiva inseguridad crónica con la que expresaba el nuevo idioma a través de un exquisito vocabulario, pronunciando a duras penas palabras que ya nadie recordaba que existían y encendiendo en cada interlocutor algo así como un deseo de lanzarse vorazmente al diccionario para ponerse a tono.

Pero ninguno de sus vecinos dábamos el brazo a torcer y seguíamos tratando de interpretar conceptualmente lo que decía, muñidos de nuestro célebre ingenio ancestral. Con la identidad nacional amenazada no sólo por esto de su hablar, sino por la constancia laboral que desempeñaba en un organismo de protección al medio ambiente a cambio de un magro salario, la vimos ir y venir transportando su fascinante puntualidad a Un día Stevia se sentó frente a la pantalla de la computadora y luego de abrir su casilla de Internet, empezó a contar los mensajes que venía recibiendo.

Diariamente aparecían unos quince, todos del mismo remitente y conteniendo el mismo texto en inglés.

Le anunciaban que había ganado una importante suma en dólares y que debía retirarlos, presentando su documentación, en una oficina de Londres.

Decidió ir.

Cobraría el dinero y de allí volvería a su país (si lograba encontrarlo: los límites de esa zona son una incógnita mundial) a reunirse con sus parientes. Nosotros, los ciudadanos del hotel, sonreímos.

En verdad ya estábamos extrañando aquella rumanita recién llegada, despojada de recursos prácticos y materiales, a quien nunca le parecimos increíbles. Disimulando la chispa burlona que nos salía hasta por las orejas, coincidimos en hacerle una cena de despedida en el hall de entrada, la víspera de su viaje.

Del que no volvió.

Nos escribe siempre, prolijamente, cada cuatro meses exactos.

Jamás una palabra del dinero, así que debe haber sido cierto. Tendríamos que contestarle algún día...

Nora Martinez