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Número 12

Literatura de viaje

Hace poco fui a despedir a un amigo a Ezeiza.

Como de costumbre, él hace su check in mientras yo lo espero del otro lado de la cinta y fantaseo con los posibles destinos que podría elegir si tuviera el dinero y el pasaporte vigente.

M e quedo con su bolso d e mano hasta que me hace señas de que se lo alcance, porque olvida que aunque no lo despache debe llevar la calcomanía pertinente que indica “equipaje de mano”.

Cuando termina sus trámites, volvemos a juntarnos del lado de acá, y sabemos que es la última confluencia en territorio compartido.

Casi no hablamos, y si lo hacemos, entablamos una conversación tan exagerada que pone en evidencia el vacío que empieza a horadarnos el cuerpo. Ahora el aeropuerto es más moderno, más lindo y mucho más impersonal.

Subimos las escaleras mecánicas, yo un escalón más arriba, de costado, para no darle la espalda, y él con la pera hacia arriba, con un gesto casi desafiante, como dic iendo: “sí, me voy, y qué”.

Hay un café en e l piso de arriba, donde nos sentamos a esperar que se haga la hora del embarque.

Pero esta vez llegamos con tiempo, así que nos quedaban varios minutos imposibles de llenar con un tostado.

Para evitar la incomodidad de empezar la despedida con tanta anticipación, le propuse ir a mirar la librería que está al lado de la casa de cambio.

Por supuesto, no es muy diferente al resto de los locales que esta cadena tiene diseminados a lo largo y ancho del país, aunque algo la hacía verse distinta.

Supongo que era la forma de recorrerla lo que me resultaba extraño.

Generalmente, sabría qué texto buscar, pero en ese momento quería encontrar algo que hiciera ese instante perdurable.

Me acordé de pronto de un libro que tenía ganas de leer y me parecía apropiado para la circunstancia: El viaje, de Sergio Pitol. Carlos embarcó a horario y, como siempre, yo lo despedí agitando mi mano después de pegarle un abrazo que tradujo cuánto lo voy a extrañar.

Me miró agradecido, porque junto a su pequeña valijita verde llevaba la posibilidad de seguir viajando por los inciertos destinos que nos promete la aventura literaria.

Vanesa Pafundo