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Número 12

Cumplió siete

Cumplió siete.

Ya no es el mismo pendejo ruidoso de antes.

Ahora, incluso, puede estar un largo rato sentado.

Escribiendo, dibujando, leyendo, pensando.

Pasamos horas, a veces, tirados en la cama, contándonos cosas de la vida, intercambiando experiencias.

Yo le hablo de las mujeres que conocí.

Él me confiesa qué chicas le gustan.

Planificamos estrategias de seducción.

Yo le hablo de los libros que leí, él me habla de Billie, de Mandie, de Puro Hueso.

Se ríe mucho cuando repite la frase favorita del tonto de Billie: “nos destruirán a todos, nos destruirán a todos”.

Yo le cuento cómo era de chico, qué cosas me gustaban, qué cosas odiaba.

Él me dice que no me imagina chiquito, sin barba, sin bigotes.

Me dice que yo nací así, como nacen los papás.

Con este tamaño. Siete años, cumplió.

Se ríe mucho, le gustan los chistes, las bromas, la conversaciones divertidas.

Está grande.

Es raro verlo crecer, descubrir que cada día tiene más pelos rubios en las piernas.

Es raro verlo más alto.

Es raro tener que hacer un gran esfuerzo para voltearlo y ponerlo de espaldas cuando jugamos a la lucha.

Ponerlo de espaldas y contar hasta diez.

Tiene fuerza, a veces creo que tiene más fuerza que yo.

Y es muy rápido, muy ágil.

Eso lo siento, en realidad, cuando lo persigo por toda la casa para fajarlo con una zapatilla.

Casi nunca lo alcanzo. De a poco fue aprendiendo a utilizar su energía en otra dirección.

Le interesa menos romper cosas.

Lo que conserva , por supuesto, es el gusto por apretar todos los timbres de los edificios.

A mí también me encanta eso. La tarde en que festejó su cumpleaños -ahí, en Colorinche, como siempre, frente al Parque Lezama-, él estrenó la camiseta de Ustari, la 23, y unos botines grises, lindísimos.

Ese día jugamos con la pelota nueva, la roja. El mago que animó la fiesta hizo aparecer una paloma.

Ariel Bermani