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Número 10

En Tánger

Hace un tiempo me contaron que durante sus últimos años William Burroughs se la pasaba encerrado mirando películas porno.

En los tiempos muertos entre película y película, supongo, escribía textos que jamás daría a la imprenta.

Lo veo a Burroughs encerrado en una habitación de hotel en Tánger (Burroughs nunca dejó Tánger, no importa lo que diga su biografía).

Semidesnudo, con setenta años, más de setenta años, Burroughs se sacude rítmicamente la verga semierecta. Otro escritor de la estirpe de Burroughs, el chileno Roberto Bolaño, también se interesó por el porno.

No sé cómo miraba porno Bolaño, no puedo imaginarlo.

Sus textos sobre el porno (Prefiguración de Lalo Cura, Joanna Sivestri) son, sin embargo, textos sobre la sangre y el sacrificio, sobre el mal y sobre la enfermedad.

Para Bolaño, el cine porno es casi el único reducto en el que la ficción puede todavía ser un ejercicio surrealista. Un surrealismo del mal, si se quiere, pero aún así surrealismo: un texto en el que los cuerpos se someten a las violentas fantasías del ojo (Dalí vio lo mismo en el surrealismo), en el que las secuencias dejan de ser narrativas para guiarse por la intuición o el goce.

Un texto, finalmente, en el que el mundo se muestra como el espanto de cuerpos facetados, como el sueño maníaco de Gran Hermano. Así que cuando lo veo a Burroughs nunca lo veo solo.

Detrás de él, acurrucado en un rincón oscuro de esa habitación sin ventanas, está Bolaño (el primer clásico del siglo XXI) taquigrafiando las pesadillas (pero no los textos) del último vanguardista del siglo XX.

Ezequiel De Rosso