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Número 10

Para lectura en sala
En tanger

La cuestión es bastante simple: hay quien presta libros y quien no.

Pero negarse a prestar un libro, así, en la cara de quien pregunta si puede llevárselo de nuestra biblioteca, es una escena tan incómoda que hace preferible actuar cierta generosidad y evitar la mirada reprobatoria que viene después del “No, yo no presto”. Para que esa escena no ocurra nunca, la única salida es fingir, con el dudoso objetivo de que se nos siga considerado encantadores; y evitar, de paso, saber qué sucesión de actos nos llevaron hasta allí.

Paradito frente a la biblioteca que está a punto de ser saqueada, uno puede preguntarse por qué maldita razón es sociable e invita gente a su casa o por qué no tendrá la biblioteca en el sótano.

Pero eso puede abrir las puertas del infierno, llevarnos a un viaje al origen y hacernos cuestionar a los padres que nos iniciaron en la lectura, a la maestra que nos enseñó a leer, y al sumerio al que se le ocurrió inventar la escritura.

Pero, se sabe, el viaje al origen está destinado al fracaso y, seguramente antes de llegar a destino, al aburrimiento.

Sólo queda modificar la primera afirmación: hay gente que presta libros y gente a la que no le importa una situación incómoda, ni parecer poco amable, ni defender su derecho inalienable a no tener huecos en las estanterías.

Esos son los que no prestan los libros y siguen adelante con sus vidas, y no sufren el síndrome que el fingimiento repetido produce en personalidades débiles y despreciables. Porque cuando uno simula, aunque sea una vez, que no le importa el préstamo, lo más seguro es que pase a engrosar el grupo de prestadores compulsivos; esos que creen en la circulación, se hacen militantes de ella, e incluso invitan gente a su casa, a su biblioteca, para que se lleven y lean sus libros.

Se convierten de esa manera en un ejemplo más de la dificultad para distinguir entre la realidad y lo que alguna vez fue ficción voluntaria.

Y un día se dan cuenta, cuando quieren leer por enésima vez el final de Lolita, que no está.

Algún turro se la ha llevado, y ya es demasiado tarde para volverse antipático.

María Martha Gigena