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Número 10

Perro muerto

l rubio babieca le pareció gracioso y largó burbuja como un de silbido moco.

sonriente en medio de una Leandro le tiraba patadas al acartonado cadáver del perro envenenado que hacía unos días se venían encontrando en el camino hacia el colegio. El sol y vaya a saber, tal vez el mismo veneno, habían inflado al animal en poco tiempo y parecía burlar su propia muerte con ese aspecto de escultura tumbada.

Negro grisáceo, con un forzamiento muscular llegado al límite, el perro no era más que un envase de perro.

Y eso a Leandro le bombeaba una energía rabiosa en las piernas, esas dos paletas mecánicas imparables que se activaban frenéticas siempre en el mismo tramo del camino cada vez que llegaban a ese mojón maltrecho que era el perro. Atraídos por los movimientos, como emergidos de la nada, aparecieron los otros dos, asmáticos de excitación y se empujaron entre A Leandro le molestó, sentía que no lo comprendían, que no podía compartir nada con esos idiotas que lo único que hacían e ra imitarlo sin saber por qué y trató de apartarlos sin que se notara.

Pero en un momento estaban los cuatro pateando al pobre muerto. Bermúdez los vio y les saltó encima a los alaridos.

Le decían la Bermúdez porque era redondo, liso y blanco, tales eran las virtudes deseadas en una mujer a esa altura de sus vidas. -No le hace, marica, no le hace, ¿qué te metés, no ves que ya está muerto?- fue el último aviso que le dieron y casi lo asesinan para darle un escarmiento. Entonces llegó el comisario Carraspera.

Venía de una siesta sobre un montón de paja que tapaba las raíces de un sauce solitario y envejecido.

Tambaleante, miró con sus ojos acerados antes de frotárselos con las manos polvorientas.

Vio al perro ahí tirado y frunció la boca y la pera en un sostenido gesto de interrogatorio.

La modorra no le dejaba aire para respirar decentemente. -¿De quién era el animal?- dijo al fin.

No levantó la mirada sino hasta que pasó algo más de un minuto sin escuchar respuesta.

Cuando lo hizo fue igual.

Los pibes estaban paralizados.

Se habían juntado algunos más, magnetizados por el reto No era la muerte en sí, sino la mortandad aquéllo que los unía en el lugar más seco de sus almas. -Qué están haciendo acá, váyanse a la escuela¬dijo más fuerte y sintió que resaltaba el mérito de mantenerse en el puesto. Con la cabeza aturdida, Bermúdez, fusilado, trató de escabullirse en el banco del aula pensando que en los cuarenta minutos de clase se le iban a adormecer un poco los golpes y no le iban a dar más ganas de llorar.

Nora Martinez