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Numero 1

Reivindicación de Mansilla o De la parole avant tout choses

Hay que reivindicar a Mansilla.

Sus causeries de los jueves son la prueba fehaciente del ser argentino: la conversación ante todo.

Basta ver la cada vez mayor cantidad de gente que con un criterio poco criterioso se entrega a la osada tarea de publicar cuanta idea se le ocurra, sin tenerle el menor respeto a la palabra. Éste es, sin ir más lejos, mi caso.

No me interesa la disertación acerca de la esencia de la literatura borgeana, ni el análisis sesudo del estilo en la poesía de Rubén Darío.

Mucho menos, hablar de la intertextualidad en la obra saeriana o de los homenajes que se intuyen en los textos de Ricardo Piglia.

La cosa, creo, es hacer de la frase del recordado Vicente Leonides Saadi “Basta de cháchara” su perfecta antítesis: la palabra ante todo.

Del contenido podemos ocuparnos después.

Lo importante, señores, es no perder el entrenamiento del decir. Digo, entonces, que esta es la razón por la que escribo y de allí mi obstinación con la práctica del autor de Una excursión a los indios ranqueles, cuyo lema bien podría reformular la frase de Paul Verlaine para convertirse en la categórica “de la parole avant tout choses”. Por otra parte, “el sueño del pibe” en Argentina es el de ser un consumado diletante, ¿o no es acaso esa vocación de charlatanes la que nos hace escuchar fascinados las reflexiones políticas acerca del conflicto de Medio Oriente de la boca de Diego Armando y de otros tantos personajes legitimados por el gusto popular? He aquí la segunda razón que me doy mientras escribo esta página: quiero ingresar en el club de los que opinan a riesgo de perderse el respeto a sí mismos. A medida que el cursor avanza hacia el lateral derecho de la página, surge una nueva impresión sobre el asunto, que es más o menos la que sigue: es evidente que las revistas culturales se reproducen y proliferan a un ritmo tan vertiginoso que los diarieros - especialmente aquellos cuya zona de maniobras se da en las estaciones del subterráneo metropolitano- deben agregar ganchos y tarimas para exhibirlas casi obscenamente.

Sin ir más lejos, cada martes al mediodía me detengo a observar atentamente los nuevos nombres que compiten por ser la vanguardia de las letras, el cine, el teatro, la poesía, el psicoanálisis y etcéteras. Me pregunto también cada martes -pero con más insistencia los días subsiguientes hasta llegar al sábado, cuando ya no pienso en nada- si siempre hay algo nuevo que decir, y aunque la respuesta poco importe, este espacio intuyo que habla por sí mismo. Y si aún no han encontrado claridad respecto de estas letras, recomiendo un texto breve y de amena lectura: “De cómo el hambre me hizo escritor”.

Su autor como no podría ser de otra manera- es el gran Lucio V.

¡Chapeau, Mansilla! Y bla, bla, bla, bla,bla.

Vanesa Pafundo